Novela (primeros capítulos)

Novela contemporánea El juego del gusto, de benjamín Escalonilla

Cuenta mi tía Dolores, que vino un hombre vendiendo el libro de los gustos,
pero se tuvo que ir sin vender ninguno porque cada cual tenía el suyo.
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0. [El gusto]

Desde hace un tiempo a esta parte me vengo preguntando qué gusto tengo realmente, qué cine me gusta, qué narrativa, qué jamón, cuán condicionado estoy por dictados ajenos; cuánto de lo que aprecio y disfruto es innato. ¿Un vino me gusta por mi paladar o por su precio, por sus recomendaciones? ¿En la música sigo las órdenes de la moda? ¿Y en la ropa? ¿Mi gusto es mío? ¿Tu gusto es tuyo? El adorable Romo, con quien comparto la tarde de los miércoles y esta obsesión por los gustos, cree haber encontrado un juego para dar respuesta a todas estas preguntas.
Me llamo Ernesto y estoy ansioso por empezar a jugar.

1. [Bosque que llega al mar]

Conocí a Romo por casualidad durante unas breves vacaciones invernales en Vizcaya, hará un año aproximadamente. Se alojaba en el apartamento costero que le cede ocasionalmente Pilar (su amiga de la infancia) para abstraerse de la consejería y por ende descansar. Quién podía imaginar que aquella noche, en la que yo andaba deprimido hasta el esófago, me abriría las puertas a un año intenso y trascendente; conocerle me cambiaría la forma de mirar, de apreciar, de entender mi propio gusto; y me llevaría hasta Eu, hasta Pilar, hasta el superhéroe, sí, también hasta él y su fantástica acción de las reinas magas; viviría el juego del gusto, compartiríamos tantos miércoles, tantas películas de los treinta y de los cuarenta del siglo pasado. Conocería alegrías y tristezas que jamás imaginé para mí… Pero empecemos por aquella noche.

//

Aquella noche Romo bajó a dar uno de sus largos paseos sin necesidad de compañía ni rumbo definido. Caminó despacio, sin pensar derecha o izquierda ni atender mucho al paisaje; llovía ligerísimamente. Caminó cabizbajo, ensoñándose en reflexiones o discusiones inventadas, ensayando respuestas y diferentes reacciones. Tal era su habitual ensimismamiento, su quedarse a solas, su entrenamiento y su entretenimiento; posiblemente la razón de su éxito como orador.

Se encaramó a una pasarela de madera flanqueada por un ahogado discurrir de árboles, que le condujo a través de un bosque oscuro, breve, terminando en una playa sobrecogedora, inesperada, cañera. El contraste bosque-playa le distrajo de su mundo con la fuerza de un bofetón o de un beso en los morros. La arena empapada y fría se extendía a los lados y por debajo del agua, carraspeando en cada sacudida de un mar calmo e imponente; invisible en la oscuridad. El silencio, sin heridas de sombrilla, vacío de voces, de juegos, de chapoteos, presentaba una foto profunda, intensa, de umbría playa invernal, punteada por pequeños moluscos blancos que estrellaban el suelo hasta donde alcanzaba la vista; el viento dolía en la cara con un fuerte olor a sal. Ligeras huellas de tres dedos sugerían un ir y venir desorientado, como su mirada. Hacía rato que las gaviotas abandonaron el lugar. Reanudó su marcha por la playa desierta, agazapada en su nocturna soledad y reconoció en ella un reflejo de su propio estado de ánimo.

Se detuvo al ver algo anormal: unas llaves en la arena; se tocó instintivamente el bolsillo pero no eran las suyas. Recogió una llave morada, una verde y una de seguridad, engarzadas en un llavero con el motivo de una diminuta claqueta de cine. Miró en rededor sin distinguir a nadie. El bosque expulsaba su aroma como una mancha. El aire sin horizonte estaba turbio. No se atrevió a dar una voz porque cuesta romper el ritmo del mar cuando es negro y no azul.

Se escuchó un alarido.

2. [Alarido]

¿Qué hacer? Se asustó y giró sobre sí mismo sin localizar la dirección del grito. Se volvió de nuevo al oír otro lamento más apagado que venía, ahora estaba seguro, del flanco izquierdo, donde las rocas dan fin a la playa y entran desde la arena al mar o viceversa. Corrió hacia allí tragando bocanadas de frío y aroma a alga; empezó a sudar dentro del forro así que bajó la cremallera (zip) sin detenerse. No oía sus propios pasos, nada oía, si acaso el viento, su respiración agitada. Serían doscientos metros hasta llegar a las piedras. Paró. Llamó: «¿alguien necesita ayuda?» Le sonó ridículo vocear en una oscuridad que apagaba los sonidos nada más salir de la boca. Intentó respirar con sosiego. Intentó escuchar. La noche venteaba cada vez más, inquietaba, le empequeñecía; después de una semana de trabajo de sillón no hay nada como la playa, ya anochecido, para rebajar el ego, reeducarlo. De pronto un bulto. Lo distinguió porque se movía, el bulto habló, era alguien tirado en el suelo. «Por favor, ¿me da la mano?», le grité, «me he clavado algo.» Romo se echó para atrás, sorprendido como por un relámpago, pero enseguida me ayudó a incorporarme.

Un erizo. Me había clavado las púas de un condenado erizo en la planta del pie. Dolorosísimo.

Así nos conocimos y así lo cuenta Romo, con ese estilo suyo, tan épico, pelín exagerado. De todo aquello, lo que recuerdo principalmente es el terrible dolor del maldito bicho. Desde entonces soy fanático degustador de erizo de mar en restaurantes y tascas. Romo lo llama venganza y puede que lo sea, una sabrosa venganza. Antes del mal paso había probado erizo en un par de ocasiones con pésimos resultados: en la primera lo escupí en mi servilleta y en la segunda lo escupí también, pero en la servilleta de mi pareja (arrebatada salvajemente porque no encontraba la mía). Aborrecí comer erizo hasta que lo pisé. Ahora lo recomiendo entusiástico: oricio en asturiano, uni en japonés; quizá un chorrito de limón la primera vez, para que no asuste.

Aquel día en la playa, Romo me llevó a pata coja hasta el coche y luego hasta el centro de salud. Según expone a la más mínima oportunidad, no paraba de quejarme en tono exagerado y tremendista acerca de la gravedad de la herida, el desangrado y la posibilidad de envenenamiento. Siempre consigue que la gente ría con la anécdota de mi cura: «Teníais que ver a Ernesto cuando le llevé a sacar un par de púas de erizo… No he estado en una matanza de pueblo pero puedo imaginar los chillidos. Cuando la enfermera se sentó en una banqueta, chilló, cuando se inclinó a observar el pie, chilló, cuando se levantó para cerrar la puerta y evitar que despertase a todo el centro de salud, chilló, y cuando le sujetó el talón para levantar el pie, chilló con los pulmones de un recién nacido. Escuché blasfemias que nunca antes ni después he vuelto a oír.  Aseguró que se iba a desmayar de dolor y la enfermera, por supuesto, suplicó que lo hiciese.»

Yo también río cada vez que lo cuenta, un poco por nerviosismo, un poco por cómo lo hace, con su eterna cara sin expresión, su voz neutra, tan de película.

3. [Tan de película]

Aquella misma noche, cuando la situación y mis chillidos se calmaron, Romo huyó al apartamento costero. La única contraprestación que le exige Pilar es vigilar el cartel de Se vende, por si se lo ha llevado el viento. Allí seguía. Agradeció el silencio y la tranquilidad de vivir solo. Ni siquiera encendió las luces; la claridad de la iluminación artificial que entraba por los ventanales era suficiente. Fue directo al sofá dudando entre una cena rápida o acostarse; estaba cansado. La indecisión le fue adormilando y cuando reaccionó habrían pasado treinta o cuarenta minutos. Tal y como me contaría más tarde se decidió por la cama, pero mientras se desvestía aparecieron las llaves de la playa, las que había encontrado antes de verme.

Se fijó en la claqueta del llavero pero no figuraba el nombre de película ni dueño alguno. Las dejó encima de la mesilla y se acostó con cierta intranquilidad. Tras intentar dormir sin resultado llamó al centro de salud. Puede que yo estuviese con el pie vendado y sin llaves y a lo mejor vivía con alguien pero a lo mejor no; la gente que comparte hogar tiende a pensar que todo el mundo vive como ellos, pero la que vive sola es precavida. No le fue fácil localizar a la señorita que, hora y pico antes, había curado el pie de un varón cuyo nombre desconocía. Gente que hubiese pisado un erizo de mar no era un criterio de búsqueda… Por fin, la enfermera se puso al teléfono. El hombre, yo, me había ido ya. No recordaba mención alguna de llaves perdidas. Claro, esas llaves no tenían porqué ser mías… «Gracias. Le dejo mi teléfono por si acaso.» Se acostó de nuevo. La conciencia relajada, la tranquilidad de la llamada y el exceso de celo satisfecho, enseguida le permitieron dormir. Al poco se encontraba soñando una playa donde llegaban náufragos; él los recogía y ayudaba con entusiasmo infantil hasta que un molesto ruido, como de astillero o de alguien cortando hierro, le despertó. Antes de poder levantarse, el teléfono cesó y antes de un minuto volvió a sonar. Ahora sí, se levantó decidido. Llamaban desde el centro de salud. El hombre con la herida punzante en el pie quería hablar con él; eran sus llaves y no había podido entrar en casa: la casa rural que tenía alquilada. Vivía solo.

Le agradecí con todos los elogios que se me pasaron por la cabeza este nuevo rescate. Tuve tentaciones de volver a creer como de niño y encarnar en él al simpático ángel de la guarda caído del cielo de Qué bello es vivir. Fijé un lugar para encontrarnos; estaba emocionado como un quinceañero. «Soy una persona de fiar, no te daré ningún problema», afirmé, «disculpa los nervios… Es por la alegría, la enorme suerte de que te hayas cruzado en mi camino, estoy sonando como un acosador.» Se rio. El hombre chillón le empezaba a caer mejor. Más aún cuando le agradecí sus esfuerzos invitándole a tomar una copa de Grand Marnier; tan de película. Curiosamente y por la diminuta claqueta del llavero, que ahora reposaba junto a mi copa, surgió el tema de nuestro gusto cinéfilo compartido. Pero lo que parecía una sencilla casualidad se convirtió en una sorpresa morrocotuda y en un enorme regocijo cuando supimos que ambos éramos incondicionales de la desconocida delicia de 1949: “Carta a tres esposas”, de Mankiewicz. Nos apasionaba con furor, aunque curiosamente por diferentes motivos; a él por la voz de la narradora, por la temible duda de infidelidades que recorre la película, a mí por la cofia de Thelma Ritter, por las situaciones de Kirk Douglas en casa, como aquella en la que su mujer arregla los cojines ante la inminente llegada de invitados (pof, pof) para que estén esponjosos. ¿Por qué debe parecer que nunca se han sentado en ellos?, pregunta Kirk.  En fin, la cuestión es que nos entusiasmaba, ¿qué importancia tenían los motivos? Charlamos de ello durante esa copa y la siguiente. No solo coincidíamos en Mankiewicz.

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4. [Romo]

Primer ejercicio: escucha el disco que más odies y trágate una película que detestes.
Segundo ejercicio: Deja de creer en algo que creías durante todo un fin de semana.
Hazlo  a solas.
Luego vuelves y hablamos.

(Ejercicios para paciente. Videoconferencia con el Dr. Romo Díaz-Prieto. )

Romo y yo nos fuimos haciendo buenos amigos a partir de aquel encuentro. Era hijo de una filósofa ya fallecida. Había entrado en política el invierno pasado y era consejero de cultura de la Comunidad de Madrid, donde ambos vivíamos. Antes de la política ejerció de psicólogo por videoconferencia, una extraña modalidad con apariencia de timo del tarot que según él era profesional, rigurosa y barata. Imaginé a sus pacientes, que como yo, debían quedar hipnotizados por la enigmática rigidez de su cara; Romo no tiene músculos en el rostro o si los tuvo alguna vez se atrofiaron, pero aquello tenía su punto y le ayudaba en su nueva profesión, la gente está harta de tanta sonrisa chorra en los políticos. Al hablar arrastra ligeramente las erres. Dicho por él, su nombre suena más (gromo) que (rromo), pero ese defecto le da personalidad. Me gusta. Me gusta su voz de sonoridad hueca y sincera que otorga veracidad a los argumentos, haciéndolos sonar indiscutibles. Siempre he disfrutado de esas voces estilo Vincent Price o José Sacristán. La mía es chillona y odiosa, así que procuro hablar poco y bajo. Es un tipo atractivo, despierta interés y agrado, quizá es su altura, esa voz o su cara angulada, ángulos en la barbilla, en los pómulos, una nariz papirofléxica, unos labios delimitadísimos, una frente de tres lados que le da un aire interesante, antiguo; y no sé si solo me pasa a mi pero esas arrugas que se le hacen en el pantalón tienen una tremenda fuerza sexual, marcándole un paquete que no pretende llamar la atención pero la llama, y mucho. Hay que luchar para evitar que se te vaya la vista al bulto. Me encantaría que unos pantalones me sentasen así. En fin.

5. [Pilar]

Después de mi salvamento en la playa, Romo pasó el fin de semana en Bilbao para visitar a Pilar, que también vive sola. Los solitarios tendemos a juntarnos. La visita trataba de agradecimientos, cotilleos, devolver las llaves de la casa costera y pasar un par de días con ella celebrando; acababa de ser su cumpleaños.

Al entrar en su piso, un sexto como el mío, Romo notó fresco. Se fijó en una ventana abierta al fondo. Traía bajo el brazo su regalo de cumpleaños, sonrieron efusivos.
—Toma Pi, felicidades. ¿Qué cumples, setenta y tres?
—Recuérdame que no te preste más la casa.
—Excusa mi memoria, nunca ha sido buena. Ni me acuerdo de los años que tengo.
—Cuarenta y seis dentro de dos meses.
—Miserable. Rencorosa.

Estaba guapa; cumplía cuarenta y cinco. Pilar se sentó en el sofá a abrir su regalo. A Romo le gustaba verla doblando las piernas de costado como siempre había hecho y ya nadie hace. Le molestaba el fresco,  por la ventana llegaban sonidos de la calle. La observó dese el sillón de enfrente mientras despegaba con delicadeza el papel celofán. Romo reconoció tristeza en su sonrisa, en su mirar; en el estallido de alegría al encontrarse el regalo. «Cómo me conoces, zorro.» Se levantó a abrazarle. Era un facsímil de Los milagros de nuestra señora, de Berceo, apto solo para Pilar, tan de su gusto.

767
Era el trufán falso pleno de malos vicios,
sabié encantamientos e muchos maleficios;
facié el malo cercos e otros artificios,
Belcebud lo guïaba en todos sus oficios. 

768
En dar consejos malos era muy sabidor,
mataba muchas almas el falso traïdor;
como era vasallo de mucho mal señor,
si él mal lo mandaba él faciélo peor. 

Se sirvieron un jerez acompañado de queso curado. Repasaron libros leídos, la situación en sus trabajos y la política en general, charlaron sobre cualquier novedad… Por supuesto le contó nuestro jugoso encuentro, la aventura del erizo y mis chillidos, la paciencia de la enfermera «que estaba riquísima, tenía un polvo suave», «Romo, por favor.» «Lo tenía, como tú, belleza; el caso es que Ernesto, al que te tengo que presentar con la mayor brevedad chillaba por cad/… ¡Qué ha sido eso?» Se acababa de oír un ruido temiblemente cercano, un ruido como de raspado, de pisada en graba. Y enseguida: la alarmante, sorprendente, aparición a través de la ventana de un personaje guapo y atlético. Con petrificada pasmosidad, Romo alcanzó a decir:
—Coño.
—No os preocupéis, soy yo —dijo el intruso.
—¿Yo? —alucinó Romo.

El personaje que acababa de entrar por la ventana pidió cariñosas disculpas y con una enorme sonrisa juró que la próxima vez llamaría antes de venir. «¿A la ventana?» También juró que evitaría la cornisa. «¿Quieres tomar algo con nosotros?» le propuso Pilar ante un Romo estupefacto. «En otro momento. No quiero molestar.» Y salió por la puerta de entrada cruzando por medio de ellos con la naturalidad de una persona decente. Repitió que volvería otro día a por esa copa. Romo no atinaba a pensar.
—¿Qué ha sido esto?
—Es Garzón, un vecino muy agradable.
—¡Ha entrado por la ventana!
—(Riéndose) Es que es un superhéroe.
—¿Pero vuela?
—(En tono jocoso) Solo se vuela en avión.
—(Burlón) Entonces, es más tipo Batman.
—No seas pesado.
—¿Que no sea qué? Ni siquiera estoy seguro de que lo que acabo de ver sea real. No quepo en mí.

Romo se levantó y tras recuperar la templanza fue a sentarse en el brazo del sillón de Pilar, que le miraba desde lo bajo con unos graciosísimos pómulos colorados.
—(Insinuantemente) Entonces, este muchacho ¿en qué es superhéroe?
—(Pilar, dándole un empujón suave).  No sigas por ahí… (Romo miró inquisitoriamente) ¡Ay, vete a tu sitio!

Romo se acercó a la ventana y la abrió de par en par. El edificio de Pilar tiene un alféizar ancho por el que no es difícil caminar. Estaba sucio. Vio múltiples pisadas; recientes y antiguas. También vio una gota seca y roja que pareciera sangre. Era fácil imaginar que un desequilibrado que camina por las cornisas se hiciese heridas a menudo… Amortiguó el fresco cerrando la ventana. Se giró hacia Pilar con parsimonia y no quiso soltar del todo la presa.
—El amor, el amor… qué raro es.
—¿Qué amor?
—Ninguno, ninguno… Todos, vamos. ¿En qué trabaja este chico?
—Garzón vive en casa de su madre, con ella, cuidándola en su alzheimer, pobre, manteniéndola alegre, siempre fue una mujer alegre, vecina de toda la vida, afable, jamás le escuché hablar mal de nadie, tocaba muy bien el piano. Garzón vivía de las prestaciones por dependencia y ese era su trabajo, se encargaba con sumo mimo de hacerla feliz, le ponía todas las mañanas maravillosa música barroca, se enteraba de cuándo emitían danza en televisión, patinaje artístico, la sorprendía con almejas a la marinera una y otra vez, qué alegre sorpresa cada vez que se las cocina, alguna vez he comido con ellos, pero qué bueno está esto, dice siempre ella, ¿qué es?, todas las veces ¿qué es? Era su plato favorito; una mujer maravillosa. Su hijo también.
—…
—Ahora que su madre murió, vive solo. Creo que ayuda a otros… Oye, la semana que viene voy a Madrid. Organizo una jornada micológica.
—Buen momento para que conozcas a Ernesto. También está necesitado de sexo.
—(Los brazos en jarras) ¿Como yo?
—Como tú.

Pilar puso su cara cerril, sacándole una sonrisa a Romo que se tornó brillante y maliciosa, como si le hubiese llegado el preciso slogan con el que concluir:
—Necesitas un Ernesto en tu vida.
—Mientras no sea como tú…
—¿Cómo soy yo?
—Yoista.
—(tch!)

Cuando se hizo tarde, desfilaron hacia sus habitaciones prometiéndose madrugar menos que de costumbre. Tanto el cuarto de invitados como el de Pilar daban a la calle.

Al poco de acostarse Romo oyó como en sueños: agudos y dolorosos sonidos sincopados; se había formado un atasco monumental. Se escuchaban desde la cama los quejidos del tráfico montando un estruendo tal que al ponerse por tercera vez el semáforo en rojo, aquello empezó a parecerse al concierto de los absurdos con un único instrumento: la bocina. Decenas de veces repetido, superpuesto, impedía dormir, alteraba la sangre.

«En un instante y entre el aullido de las bocinas», me comentaría un tanto ebrio la semana siguiente, «empezó a surgir el albor de una nueva expresión. Algo muy simple, primigenio, pero análogo al primer lenguaje. Uno de los coches lanzó la primera frase aún sin significado: (pi, pi, pi-pi-pi, PI-PI-PI); y acabó otro: (PA-PA).» El nacimiento de la comunicación, pensó el psicólogo con la almohada encima de la cara. El primer coche siguió hablando y el otro respondiendo. Se atrevieron con variaciones sobre el mismo tema y celebraron su sincronía con un pitado múltiple como quien aplaude: (pi PA, pi PA). Justo cuando el semáforo se ponía de nuevo en verde y esta vez sí avanzaban, algún vecino hasta los huevos lanzaba con rabia una pila de las gordas, de las antiguas (4 para los juguetes de navidad, 2 para las linternas), que en parábola perfecta se encasquetaba (cla-ca) en un coche. Desmesura, falta de autocontrol; mal no, pésima reacción. Frenazo. Golpe con el de atrás. El afectado se asomaba con cautela por encima de su carrocería chillona, macarra, metalizada en púrpura y observaba aterrado la pila clavada; ni siquiera había rebotado. Miró hacia arriba buscando al bárbaro, sin verle.

Por delante, los coches que escaparon por fin de la callejuela a la arteria principal, se encontraron de sopetón la causa del atasco: un hombre yacía atropellado en el suelo. Otra persona, histérica, hablaba por el móvil junto al herido y junto a su coche golpeado. Gesticulaba como un hip-hopero. No había policía alguno. La sangre invadía el carril contrario y por la inclinación, leve pero constante, se deslizaba en dirección a la acera mientras los conductores, aterrados y sin poder mover el coche, veían cómo la goma de sus ruedas se pintaba de rojo. A su lado, un tercer hombre, joven, sostenía la mano del atropellado notando cómo se enfriaba a cada minuto, y lloraba. A pesar de las bajas temperaturas llevaba solo una camiseta de manga larga que le quedaba corta. Alguien le llamó desde la acera: «¿Garzón?» Garzón soltó la mano sin pulso, echó a correr y se perdió por una esquina. El herido acababa de morir. Muy cerca pero ya inútil, se escuchó inmenso y creciente, el sonido de la policía abriendo paso a una ambulancia… (ninoninoNINONI).

6. [Screwball comedy]

Para la crítica:

La Screwball es una comedia loca o zigzagueante que toma su nombre de un tipo de lanzamiento en beisbol donde la bola consigue varios efectos que la hacen difícil de batear. Durante la Gran Depresión, los espectadores demandaban películas con altas dosis de crítica a las clases sociales pero que al mismo tiempo fuesen esperanzadoras y sirvieran de vía de escape. El formato Screwball fue el resultado del esfuerzo de los grandes estudios para evitar la censura y conseguir incorporar en la trama contenido adulto y elementos subidos de tono. Notables ejemplos son: Historias de Filadelfia, Con faldas y a lo loco o La octava mujer de Barba Azul…

Para Romo:

Screwball son esas comedias que exprimen el ingenio a velocidad inusitada; tanto, que incluso cuesta seguir el ritmo. Se sustentan en la fuerza coral de una ópera y el filo crítico de un disparo (de fogueo). Nunca el cine requirió ni exigió mayor atención al espectador. La Screwball es zumo ácido con gotas de vodka, diálogos en metralleta, chiste trascendental; es el ejercicio de ingenio más difícil, extenuante y desternillante que se haya realizado. La entelequia del humor hecha realidad.

Lo políticamente incorrecto, la crítica cáustica y el máximo atrevimiento se cuelan por rendijas imposibles; es un humor que permite digerir cualquier concepto. Una maravillosa forma de contarlo todo sin necesidad de ponerse serios.

La Screwball comedy es al cine, lo que el free jazz a la música y el realismo mágico a la literatura; géneros maravillosos aunque efímeros debido a su pirotecnia, su dificultad, su desgaste, su imposible.

Para mi:

Me gusta imaginar el origen de la Screw en La importancia de llamarse Ernesto. Me siento orgulloso de mi nombre.

Debo mucho a la Screwball Comedy. Me ha hecho sonreír y le ha dado contexto y decorado a gran parte de mis vicisitudes…  Así que cuando uno se encuentra a otro amante incondicional de estas comedias, el caso de Romo, se lanza como un drogadicto a la droga o un suicida al vacío: desesperadamente.

7. [Una película localizada en un precioso lago]

Azul.
Azul halcón.
Y luego lago.
¿No es irritante el inglés?: Blue hawk lake.

En cambio en español:
Lago.
Del halcón.
Azul.
Mucho más ordenado. Primero aparece lo relevante: el lugar, el lago y no un color, ¡un color no sitúa en absoluto! Luego, poco a poco el resto. El lago del halcón. Y por último conocemos que el halcón es azul, qué raro, qué gracia saberlo ahora que ya sé que se refiere a un halcón; ¿qué importancia tiene el color antes de tiempo?… Me irrita el inglés. Estoy convencido de que hablar al revés condiciona su gusto y el carácter anglosajón. Se apunta al clima como condicionante del carácter, pero esta dichosa forma de ordenar las frases tiene que afectar necesariamente.

//

El caso es que a los pocos días de conocernos en aquella playa al final de un bosque, con el pie recuperado, volví a Madrid y escribí un correo a Romo. Contestó que volvía de Bilbao al día siguiente, así que le invité a mi casa. La excusa: agradecimientos again y compartir gustos en una quedada cinéfila; le propuse ver Blue hawk lake. Respondió: «Una Screwball siempre, por supuesto.»

Romo trajo algo para picar y una botella de vino. Después de servir cerveza para mí y abrir el rioja para él, nos acomodamos y habló de Bilbao, de un superhéroe y de Pilar, Pilar, Pilar; tenía que conocerla y tenía que ser pronto, organizaba una jornada gastronómica en breve, no podía dejar pasar la oportunidad. «Sí, claro, por qué no.» Trató de explicarme lo fabulosa que era, su exquisito paladar y otras virtudes que no recuerdo.
—Suficiente. Me casaré con ella y tendremos varios hijos. ¿Ponemos ya la película?
—En versión original.
—Me irrita el inglés —comenté.
—Pero los subtítulos son en españ/

Sin dejarle acabar puse la película en castellano, apoyando la acción con el mejor argumento que se me ocurrió: «Vamos hombre, no me jodas con el inglés.»

Sorpresivamente me arrebató el mando cual matrimonio en crisis y paró la película. Su argumento, dicho con voz ronca y acompañado de su fuerte respiración, no era mucho mejor que el mío pero sí más original:

—Me niego a oír la voz de un señor en la cara de otro.

Reí, convencido de que era broma.

—Venga, ponla…
—Ya me has oído. En castellano no la veo. Para ver a un ventrílocuo me voy a un espectáculo horter/
—No te sulfures —le expliqué que si estás pendiente de los subtítulos no ríes igual, le comenté lo del orden de las frases en inglés, la absurda construcción del título con el azul y el lago y el halcón, pero a él no le sonaba tan estúpido como a mí. Así pues tocó negociación y la verdad es que se nos dio bien pactar, quedamos plenamente satisfechos con el acuerdo ;-).

Llené unos cuencos con aceitunas, queso y cortezas que había traído él. Las cortezas estaban raras, blandas, Romo dijo que le gustaban revenidas, signifique eso lo que signifique. Me explicó que compra bolsas, las abre y deja que pierdan su consistencia crujiente, pasando así a un estado repugnante-chicloso que Romo llama revenido o arrevenido y al parecer le entusiasma. Este revenimiento, según sus propios cálculos, se produce a los tres o cuatro días en Madrid, pero en zonas costeras o de alta humedad ocurre en tan solo unas horas. Por consiguiente compartimos aceitunas y queso pero yo comí mis cortezas (crack) y él las que había traído abiertas (chap). Mascaba las cortezas abriendo mucho la boca, como si estuviese demente, quedaba ridículo-chulesco, a lo Cary Grant en Monkey business. Toda su imagen robusta, elegante, se venía abajo viéndole comer aquello. El sonido que emitía era penoso, antinatural. «¿Cómo puedes comerlas así?» «¿Así cómo?» «Asquerosas.» «Están mejor, pruébalas.» ¡Me cago en el revenimiento y en el inglés!

Vimos la película en versión original con subtítulos y nos reímos a morir. Al terminar, la volvimos a ver en castellano (maravillosos los doblaje del siglo XX) tal y como habíamos pactado en la negociación y morimos de nuevo. De verdad. Carcajada limpia.

Para regocijo de mi agradable pero insulsa vida, Romo y yo empezamos a vernos con asiduidad, no sé bien por qué, no reconozco la chispa de la amistad cuando la veo; en fin, a veces las cosas pasan sin más. Quizá por eso escribo esto, para poner en claro y tratar de entender un poco lo que ha pasado desde aquel día en la playa, para interpretarlo o al menos tratar de ordenarlo.
Confieso que a día de hoy sigo obsesionado con Romo, también con Eu, el otro vértice de nuestro triángulo, pero eso aún no toca contarlo; ¿a quien le cuento todo esto?, por cierto. El caso es que veía a Romo a menudo, principalmente para disfrutar películas o charlar sobre ellas y de paso contarnos nuestros seres y estares, también nuestros devenires…  Fue por aquella época que charlamos sobre el espejo de Blancanieves, posiblemente el primer brote de lo que acabaría siendo el juego del gusto.

8. [El espejo de Blancanieves]

No se duda del espejo. La opinión de este espejo es absoluta y es una. No hay dos hombres ni dos mujeres igual de guapas; una es más guapa que la otra aunque haya diferentes gustos. El espejo es tajante y al espejo no se le cuestiona. Cuando responde, dicta una sentencia definitiva. Si su respuesta es que Blancanieves es más guapa que tú, no pierdes el tiempo en arreglarte, no te metes botox, no tratas de desprestigiar el criterio del espejo; vas y matas a Blancanieves. No existe otra solución, porque es más guapa y punto.

¿Existe esa belleza objetiva, ponderable y absoluta? Una belleza atávica, eterna, incuestionable. ¿Existe el espejo?

Se hizo un curioso experimento evolucionista al respecto: se fotografiaron mujeres en África, Amazonia, Australia, de tribus especialmente aisladas, autárquicas y con mínimo contacto exterior… Se pedía a los varones una valoración en términos de belleza. Según los resultados del estudio, los miembros tenían claro cuales eran las más guapas de su tribu, algo previsible. Pero lo realmente interesante es que se les pedía puntuar a las mujeres de las otras tribus, con rasgos desconocidos. Por supuesto, solían preferir a las mujeres de su propia tribu, la belleza tiene un inequívoco componente cultural, pero igualmente reconocían la belleza en las otras tribus y puntuaban en el mismo orden que los oriundos, como si ésta fuese única y desvinculada de lo aprendido. Las mujeres más votadas fueron siempre las mismas, independientemente de la tribu votante. En el estudio se ponía de manifiesto la existencia de un patrón de similitudes del que recuerdo dos: mujeres de rostro simétrico y rasgos de cachorro.

La cuestión es, ¿se podría hacer transitividad y aplicar este experimento a la música, el vino, el cine…? Y otra pregunta igual de fenomenológica: ¿los hombres somos tan feos como para que no tenga sentido exponernos a esta clase de experimentos 🙂 ? ¿Por qué no se fotografiaron hombres 🙁 ?

Otros estudios relacionados: benjaminescalonilla.info/gusto-novela/cap8/

9. [Stevenson en el sexo]

Con el buen rollo de la película, primero en inglés y luego en español, sugerí a Romo pedir algo de cena y así alargar la velada. Quise recalcar que no esperaba nada a cambio, me aterró que sospechase intereses ocultos por mi parte; y lo hice con una de mis acomplejadas aclaraciones que por supuesto sonó ridícula y quizá engorrosa: ¿no habría sido más sencillo decir?: «¿cenamos algo?» Pues no, me salió un:

—¿Pedimos algo de cena? No soy gay, ojo.
—¿Y qué si lo fueses?
—Nada claro, lo digo solo por si tienes hambre.
—¿De hombres?
—De cenar. Si te apetece, por supuesto —insistí, bajando la vista; se me da de maravilla reafirmar mi inseguridad. Por otra parte, ¿me creerá homófobo? Odio mis aclaraciones, ridículas, yo solo quería alargar la velada…
—Claro que sí. Era broma. Oye Ernesto, ya que no te van los hombres, háblame de las mujeres de tu vida: cuántas, cómo, de qué tipo son…
—Pocas. ¿Te apetece japonés o algo más templado?
—¿Ya está? ¿Pocas? Deja que rompa el hielo. En mi caso el número no es lo relevante, sino que tengo un gusto bicéfalo con las mujeres, uno para el sexo y otro para la relación.
—¿Estás hablando en serio?
—Totalmente. A unas las quiero mirar y admirar, sentarme a charlar con ellas, compartir mi vida, contrastar reflexiones, ideas, ocurrencias, contemplarlas dormidas, vistiéndose; hacer vida en pareja. Otras, me despiertan un deseo fornicativo brutal que me excita los instintos más primitivos y no demanda cruzar palabra alguna con ellas.
—Es lo más machista que he escuchado en mucho tiempo.
—¿Por qué? Disfruto de la dualidad cama vs. sofá, como lo hago con el cine de terror vs. histórico o punk vs. clásica; simplemente no son para un mismo momento, ¿no te parece?
—Nunca he catalogado mujeres, ni tampoco hombres.
—Pues hay tontos y tontas; los hay gilipollas, feos, interesantes, y las hay gilipollas, feas, interesantes, en fin, al menos sabrás si una mujer te atrae más que otra sexualmente… o para irte a vivir con ella.
—Siempre que tengo dos mujeres delante sé con certeza cuál me atrae más.
—¿Para ambas situaciones?
—La que me interesa para charlar es la misma con la que querría estar en la cama.
—Mmm. Yo no soy así. Mi Jekyll quiere a una y mi Hyde a otra. Como pareja me gustan exageradamente risueñas, desdramatizadoras; necesito que le quiten hierro a mis preocupaciones, a mis obsesiones y relativicen mi opinión; que me den un contrapunto que me hagan pensar, cambiar, dudar. Para follar me interesan mujeres que no quieren paz sino guerra, mujeres de grandes hombros, fuertes, incluso gordas, verracas, chillonas, dramáticas, beligerantes…
—Eres un pervertido repugnante. Eres más machista que los machistas, un macromachista.
—Y tu fantaseas poco, Ernesto, my friend.
—¿Pilar qué gusto te despierta?
—Ninguno, como tú. Es una gran amiga, es la única relación estable de mi vida. Ahora que lo pienso, Pi sería un tercer tipo de mujer al que puede que tú también pertenezcas: un tipo andrógino o asexuado, donde las feromonas no se activan… Aunque exista flirteo.
—¿Es que flirteas conmigo?
—Claro. Con todo el mundo, incluido el charcutero; ¿quién no lo hace? Es un juego maravilloso que se practica con los dos sexos. Una frase ingeniosa es flirteo, compartir gustos es flirteo; y si se hace bien, seduce. No dejes de desarrollar tu lado femenino, Ernesto.
—¿El de cama o el de sofá?
—Ambos, amigo mío, ambos.

(¿Tienes un tipo o varios de hombre/mujer? Cuestionario).

Y con el agradable eco de la palabra “amigo”, abrí ilusionado la página del restaurante japonés y fui seleccionando platos. Romo se reclinó en el sofá y al estirar las piernas aparecieron unos calcetines en estridente morado y verde. Pareciera que fuesen a chillar; era difícil apartar la mirada. Su voz se puso ligeramente más ronca de lo habitual:
—Entonces trabajas como analista de datos. Cuéntame qué es eso.
—Analista de datos es —y me tomé una pausa para ordenar, adornar, ¿flirtear, seducir?—, la verdad, Romo, es que lo mío es difícil de explicar. Las empresas me contratan para que estudie situaciones problemáticas, digamos, y proponga alternativas; les doy un poco de perspectiva, de mimo, algo de sentido común. Principalmente lo que hago es dedicarles tiempo y ponderar estadísticamente los diferentes resultados; lo cual por otra parte es la solución para cualquier problema empresarial o particular.
—La estadística.
—Y dedicarle tiempo… La paciencia de analizar datos. Ese es mi valor. Un lujo que empieza a parecer utopía en este primer mundo; pero yo lo tengo: tiempo. Vivo solo, no me desplazo para trabajar, duermo poco…
—¿Sufres de insomnio?
—No. Lo que pasa es que aplico un método para optimizar el sueño. No te rías…
—Soy todo oídos.
—Calculé las horas que necesitaba para rendir má/
—Eres un genuino científico loco —rio.
—…Para rendir más. Realicé pruebas durmiendo diferente número de horas y llegué a un modelo óptimo de eficiencia, así de simple, que resultó ser: dormir cuatro horas por la noche. No más. Con cuatro horas me levanto en un estado de semiexcitación idóneo para trabajar y generar ideas. Luego, tras cuatro o cinco horas de trabajo (desayuno intercalado), me acuesto de nuevo una hora más y sigo trabajando. Si lo acompañas con un ambiente de trabajo sin interrupciones y con ciertas horas de verdadero aislamiento (teléfono y correos silenciados), el rendimiento es excepcional.
—Empiezo a sentir curiosidad, cuéntame.
—Evidentemente dormir solo es parte de la ecuación. La soltería voluntaria es una opción impopular y mal entendida pero tremendamente productiva; descojónate si quieres, pero es algo que estadísticamente repunta; es paz, efectividad y aprovechamiento de uno mismo. Las experiencias de piso compartido y aún peor mi convivencia en pareja supusieron una cesión de tiempos y costumbres fatales para el rendimiento, por no hablar de la incomodidad y del perpetuo estado de alerta que suponían.
—Me apunto a la secta. Seguiré viviendo felizmente solo —dijo, sonriendo. Se levantó, se acercó a las ventanas y miró por ellas sin interés aparente.

Envié el pedido. Tardarían entre cuarenta y cuarenta y cinco minutos en traer la cena.
—¿Qué screwball es la más bella? —preguntó.
—¿No te parece cursi usar esa palabra?
—Por supuesto que no. A ti tampoco, ¿verdad?

Contenido adicional
(Cuestionarios, reflexiones, estudios sobre el gusto…)

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